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Friday, 12 January 2018 18:41

DIATRIBA A MI ÚLTIMA DECEPCIÓN GASTRONÓMICA - SALÍ A VIVIR

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01 SalíAComer arepa decepcionante

Esta es la "arepa" de la discordia

Sí, todo al empezar el año SUBE. Varias sorpresitas llegaron con el cambio en el calendario: el Soat del carro quedó por las nubes, la gasolina subió otros 135 pesos por galón, los peajes también llevaron “su subienda”, el arriendo ni se diga, el vergajo IVA que no da tregua y claro, el salario mínimo que es la vara con la que se mide todo, y que por supuesto no alcanza a cubrir las necesidades básicas del pobre asalariado y mucho menos los porcentajes de subida de lo antes mencionado, que no es lo único, porque muchas cosas se quedan por fuera. Si se mira entonces desde una perspectiva económica, al subir por aquí algo y también por allá esto otro, es lógico que cuando eres empresario o emprendedor, tengas que replantear los precios de tus productos y hacer uno que otro ajuste, para que la rentabilidad del negocio sea sostenible en el tiempo, se pueda garantizar la calidad del producto y en especial, se pueda continuar satisfaciendo no sólo la necesidad de los clientes, sino también mantener su fidelidad hacia la marca. Por eso pues, es apenas lógico que cuando se vaya a comprar algo que habías adquirido habitualmente el año pasado, tenga un precio diferente justo unas pocas semanas después.

Este post va dedicado a aquellos emprendedores, empresarios, negociantes, comerciantes y vendedores en general, que esperan continuar en el mercado y que tienen un pensamiento a mediano y largo plazo. La ley de la oferta y la demanda es la que rige la permanencia de una marca en un mercado determinado. Los productos y/o servicios han de someterse a esta, que es por decirlo de alguna manera “implacable” con quienes no la respetan.

¿A qué viene todo esto? Pues a que he sido golpeado por una realidad en el rostro que me ha dejado preocupado, triste y en especial, decepcionado. Yo soy un consumidor racional en general, y sin embargo me dejo llevar por la emotividad en cuanto ésta esté ligada a razones que sean “medibles”, justificables. Como consumidor, también tiendo a ser muy tradicionalista, cuando me gusta algo de un lugar, tiendo a seguir consumiendo ese algo, justo en ese lugar y a no buscarle sustitutos. Por eso cuando quiero comer perros calientes, voy al lugar en el que encontré el mejor del barrio, no importa que para llegar a él, tenga que pasar por dos o tres locales que me quedan más cerca, lo que quiero, es la experiencia y el sabor que me ofrece el que descubrí y elegí como el que me gusta. Para la pizza, la hamburguesa, las papas fritas, los burritos, etcétera, hago lo mismo. En mi barrio, La América, hay un lugar que me conquistó desde que era adolescente, que ha sido muy tradicional, respetado y frecuentado por una gran cantidad de comensales que al igual que yo, no importa en qué lugar de la ciudad vivan, vienen a buscar por la calidad y los sabores de sus productos. Yo viví en Envigado por diez años y fueron muchas las veces en cada año, en que me “pegué el viaje” nada más que por una o dos de sus deliciosas “arepas con queso costeño rallado y chorizo de ternera”.

03 SalíAComer arepa decepcionante

Hoy por hoy, que vivo a tan solo a dos cuadras de este emblemático lugar, confieso, voy varias veces en el mes para satisfacer ese antojo que me provocan los sabores y olores de ese producto en especial, y además porque siempre me han “consentido” y atendido con familiaridad y cariño. Siempre me ha gustado que a la arepa hecha a mano y asada al carbón, de un tamaño perfecto, le pongan mucha mantequilla para garantizar que al ponerle el queso costeño rallado encima, se contenga un poco, pues siempre ha sido en porción generosa y el área de la torta de maíz no es suficiente para contenerlo; para terminar, encima de esta bella imagen que les describo, viene un rollizo, brillante y chirriante chorizo de carne de ternera, sabroso y jugoso, asado al carbón, que solitario en ese monte de queso, comienza a derretirlo alrededor y termina hundiéndose para quedarse ahí, inmóvil, cual la bella durmiente en una abullonada cama de queso.

Escribo esto y me corren lágrimas, ah claro y estoy salivando como el perro de Pablov. ¿Y por qué me corren lágrimas? Porque todos los verbos que componen este párrafo anterior, voy a tener que conjugarlos en pasado, no por elección propia, no porque tenga que privarme a voluntad, sino porque alguna clase de fiera egoísta, o soberbia, o tacaña, o ambiciosa ha tenido la poca compasión de morder a los administradores del lugar en cuestión. Ya venía yo, notando que desde hace algún tiempo, no hará el año, la arepa no era la misma, que antes era gruesa y generosa, ahora es delgada y pequeñita, luego se vino otro cambio terrible, el queso que se usaba para poner encima, cambió de sabor, de textura, es decir, de calidad y lo peor aún, de cantidad. El chorizo pareciera que si es el mismo y tal vez, su sabor y la fidelidad a la combinación de sabores me siguieron llevado a sucumbir a su oferta. Hace unos pocos meses, la humilde arepa, dilecta de mis comilonas de fines de semana subió de precio, y me di cuenta porque cuando pagué por las “dos con chorizo para llevar” con el acostumbrado billete de diez, me pidieron “otros mil”. Los pagué, consciente de que todo en la vida tiene que subir, pero también consciente de que ahora, estas dos arepas, (una para mí y otra para mi acompañante) que eran más un antojito aperitivo, que la comida, pues como les dije, al bajar de tamaño ya no me satisfacían y tenía que complementar con algo más, estaban costando los mismos once mil pesos que me costaban dos arepas rellenas con carne del negocio de la otra esquina. Soy colombiano, el barrio que habito es estrato 4, soy sólo uno que hace parte del público objetivo de dicho negocio y sí, a la hora de comer en la calle cuido mi presupuesto y pienso en el beneficio versus costo, así que cuando invierto en comida quiero quedar satisfecho en sabor, costo y quiero quedar “llenito”. Con esta idea fui hace pocos días, hice mi pedido, esperé impaciente por el hambre, pagué y noté que me devolvieron menos, cuando pregunté, me dijeron que los precios habían subido porque ya es 2018… Otros quinientos pesos por arepa; en menos de un año son mil pesos más y el producto ya no es el mismo.

No, no soy soberbio, no soy tacaño, me gusta comer en la calle, me encanta salir a comer y pago con gusto lo que me pidan cuando me siento satisfecho, pero arriesgándome a ser criticado por “sismático”, escribo esta diatriba, esta crítica razonada con mis “verdades”, con el único propósito de expresar mi ofensa, sin querer dañar a nadie, sin ánimos de destruir ni demeritar, ni mucho menos: no me gustó, no me sentí bien pagando $6.000 pesos, que parecen nada por esta triste imagen…  la foto corresponde al producto que propició todo esto… no me parece justo y representativo, ya ni siquiera el hecho de que por tradición o por una historia de más de 20 años que me liga al lugar, me hace pensar en querer volver. Creo que es un error administrativo ejecutado sin estudio, sin contemplación metódica de impacto en su público objetivo, sin visualización correcta de proyección a futuro. 500 pesos no son, ni deberían ser, la unidad de aumento para un producto tan simple y básico.

02 SalíAComer arepa decepcionante

Creo que fue la última vez que voy a este lugar, me voy a comportar como suelen hacerlo los consumidores que tanto estudié y estudio en las investigaciones de mercadeo que hago para mis clientes y para mí mismo. Ahora veré si las otras veinte o treinta opciones que hay en menos de quinientos metros a la redonda, terminan satisfaciendo mis noches de antojo por comer algo rico. R.I.P viejos amigos para su propuesta por mi parte.

¿O será que me castiga la lengua? ¿O será que habrá capitulo nuevo en esta novela de desamor? Ya veremos.

Salí a comer, a viajar, a vivir.

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